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Terra
La Coctelera

Capìtulo III - El Muffin

Siempre hay un bar de la esquina. Modernoso on the rocks. La mañana es màs mañana en un lugar que te recibe con sus paredes blancas y radiantes. Ponete esos tiro bajo y tu pulover made in Las Leñas que te queda tan lindo. Y no te olvides del tapadito que no serà el de armiño pero bien que te cuida.

Abajo hay un sol de esos, grandes, pero igual el frìo te corta un poco, piensa Pollyana. El frìo corta ¿y el calor què?. El calor mastica. Sì, eso queda bien, el calor mastica. Recordarlo para alguna crònica sobre esos recitales en Obras que...

-Buen dìa ¿me da un diario?
-¿Què diario?
-Què sè yo, un diario.

Puta madre, me gustarìa ser un personaje. Los personajes nunca tienen que pensar què diario quieren. "Bajò a la calle y comprò el diario". Guiòn de diàlogo, dijo Marisa, punto. Yo tengo que saber. Es que soy real.

-Mejor dame la "Para Ti".

El cafè es "Pure Morning". En la puerta un cuasi adolescente ofrece brownies de chocolate con sonrisa Kolynos. Pollyana pide: Un cafè doble con crema.

-¿Querès acompañarlo con un muffin?-pregunta otra pùber elàstica y peinadìsima.

Esta ciudad se està yendo a pique, ya no quedan meseras como dios manda, el malhumor a la orden del dìa, te tomo el pedido a la que te criaste y si querès seguir con vida que ni se te ocurra cambiarlo. ¿A dònde estàn todas esas camareras con pretensiones artìsticas moviendo sus culos frustrados al compàs del trapo rejilla?. Esto no es vida.

Al principio la idea de pedir un muffin la hace sentir elevada, como a cinco o seis centìmetros del suelo. "Muffin", piensa Pollyana, "palabra redonda y mullidita". Encantadora. Just like her. Pero en seguida cambia de opiniòn y se da cuenta de que llamar muffin a esa masita rechoncha y edulcorada es una estupidez. Sobre todo si te la està ofreciendo esta chica con una cara de Parque Patricios que para què. Como dirìa Lala, anyway, Hemingway...

-Dale ¿De manzana tenès?.

Se sienta y abre la "Para Ti". Y en una de esas fotitos chiquitas, de relleno, lo ve. El Hàbil.
La puta madre.

Capìtulo II - La Llamada

-¡Hola!
-...
-¡Hola!
-No, asì, no, puta, a mì no me gritàs.

Gala y Pollyana se conocieron durante una conferencia que dio Giles Lipovetsky en la Facultad de Filosofìa y Letras de la Universidad de Buenos Aires. A Polly le dio un ataque de risa cuando el tipo se puso a hablar del crepùsculo del deber. Gala se contagiò. Tuvieron que pedirles que hicieran silencio o se mandaran a mudar. El conocimiento, a veces, tan gracioso, de verdad, funny, funny.

-Perdòn, estaba pensando para adentro.
-Oh, dios, con metafìsica de cañerìas a mì no, por favor.
-Hablà o dejame morir en paz.
-Nada, querìa saber si tenìas ganas de salir a mirar culos por la noche.
-¿Y los puedo tocar tambièn?
-Obvio.
-Entonces vamos.
-Traumàtica separaciòn la tuya.
-You know, you have to move on, kiddo.
-Pegame y decìme El Hàbil.
-Traè galletitas.
-Y todo mi amor.

¿El cafè? Temperatura cubito. Mejor desayuno afuera, piensa Pollyana mientras hace pis con la bombacha caìda entre las piernas y juega con la tapita del shampoo.

Capìtulo I - La Mañana

A Pollyana Bouquette el pelo le cae sobre la cara. Oscuro, ondulado, largo, los mechones sobre la frente. Desprolijos. Oh, tan clichè. Resbalando contra la mesada de màrmol, en la cocina, mira como la cafetera se va llenando (el olor del cafè, el maravilloso olor del cafè; es casi como si pudiera tocarla y la abrazara y le besara los hombros). Con la mano izquierda se acomoda la bombacha. Listo. Y sigue mirando. La taza va a llenarla hasta arriba (es amarilla y se la regalò El Hàbil) pero va a dejarla por la mitad. Como todo. Ahora que El Hàbil ya no està con ella, piensa, va a tener tanto tiempo libre. No màs recitales interminables de aburridos autores hùngaros. No màs tu mano en mi mano frente la surrealista invenciòn fìlmica de algùn chinito con tendencias suicidas. La cultura es larga, piensa Pollyana, como la guerra. Como La Guerra y La Paz. Rojo y Negro. Y ni hablar de Fedor. Yo necesito la calle, la esquinita con su tacho de basura verde, su semàforo roto, su parada del 60. Eso, lo otro, who cares, El Hàbil, sì, pero a mì què. Yo soy yo, a secas, a cara de perro (ridìculo, tan ridìculo, sabès, a cara de què perro, un Siberian Husky puede ser encantador). Ahora le queda todo ese tiempo. El tiempo perdido. Mejor dormir, un poco màs, piensa, atragantarse con las sàbanas antes de chocar contra el quehacer. El què-hacer. Pero no, porque entonces golpea el telèfono, ruido infernal, taladra. Mal. Hay que acabar con eso. Hay que acabar con eso. Ya.